Bergen, 04 septiembre 2007

Lonyearbyen, Svalbard (78 grados Norte)


No sé exactamente por dónde empezar, qué contar después, qué fotos enseñar. Svalbard está lejos, muy al norte del mundo. Tan al norte como 78º. Es un lugar desolador, ahora tomado por estudiantes (de geología y biología en su mayoría) pero anteriormente utilizado para minería de carbón. Aún hoy en día algunas minas siguen abiertas, y rusos y noruegos siguen utilizándolas. Estamos en la época del año en la que menos nieve hay, y el territorio que la nieve descubre a finales de verano es un desierto de rocas del terciario y cuaternario.
Dos glaciares desembocan en el valle en donde está Longyearbyen, la ciudadela donde me encuentro. Los glaciares han arrastrado durante miles de años rocas sedimentarias que han dejado al descubierto una infinidad de fósiles.

Ayer fue un día intenso, pero al no tener aún un rifle con el que salir de la ciudad, no pudimos irnos de excursión. Son para defenderse de los osos polares, porque los osos polares comen humanos. Así que ayer estuve un rato pegado al ordenador, viendo a ver si podía empezar a leer los papers para el proyecto cuando, al mirar por la ventana, vi un reno. Un reno pastando al lado de mi ventana. Claro, cogí mi cámara réflex y mi cámara digital, salí fuera, y me puse a disparar como un loco. Al rato me dí cuenta de que unas graciosas perdices nivales le iban siguiendo, así que aproveché para hacerles unas fotos a ellas también.

Y sí, eso es un día intenso, pero no es nada comparado con lo que ha sido hoy. Hoy me he adobado al curso de seguridad con los de un curso de geología (del que conozco gente) y he estado disparando con un rifle toda la mañana (de un calibre enorme, vamos, para matar osos). La verdad es que nunca había tenido un arma en mis manos, y mucho menos había disparado balas de verdad. Mucho ruido y el hombro destrozado del reculo del rifle.
Por si fuera poco, hemos conseguido un rifle de la universidad y hemos puesto pies en el glaciar. Hemos caminado bastante y entre los nervios de la mañana y la caminata en el hielo, estoy muerto. Mañana espero que esto se calme un poco. O no.

Este sitio es de coña.

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Bergen, 12 agosto 2007

Septiembre, oh, septiembre...


He estado apartado del mundo del ordenador durante un par de meses, y sigo vivo. Me he dedicado a vender sweaters y ahorrar durante (ya casi) tres meses. El trabajo, a pesar (o quizás "debido a") estar bien pagado, es duro. Lo único que me aleja del suicidio es pensar en septiembre, ese gran mes en el que he concentrado mis vacaciones de este año.

El 31 de agosto por la noche viajo en autobús a Oslo (Clic en la imagen superior para agrandar, 1), de manera que la mañana del 1 de septiembre puedo coger el vuelo a Tromsø (2). En las inmediaciones de ése aeropuerto plantaremos nuestra tienda de campaña, para hacer noche y tomar el vuelo de la mañana a Lonyearbyen (3), en las islas de Svalbard (74-80 grados norte). En dichas islas no se puede salir de los núcleos urbanos sin rifle, por el peligro que representan los osos polares.

Tras 12 días allí, si sigo vivo, tomo un vuelo a Tromsø (4) y duermo allí dos noches, para tener tiempo de ver una ciudad que me han dicho que es preciosa. Serán dos días de transición psicológica de un año en Noruega a la vuelta a casa. El 14 vuelo a Oslo (5), capital de Noruega para coger el vuelo a Belgrado (6) al día siguiente.

15 septiembre 2007, 9:45, Terminal 2 del aeropuerto de Belgrado. Empieza la segunda quincena del mes, en territorios más calurosos y en compañía del Gran Jero, del Monstruo Balcánico y de Pablululu (¿7?). El viaje prosigue sin saber cómo ni por dónde de tal manera que el día 1 de octubre tomemos el vuelo Venecia-Madrid (8).

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Bergen, 15 junio 2007

Una noche de cuatro horas, II

Mientras caminaba hablaba conmigo mismo y con ellas. Tuve que pararme al poco tiempo, pues me miraban todas, me prestaban silenciosa atención. Las flores escuchaban lo que tenía que decir mirándome atentamente y, al estar yo a medio camino en la colina, viéndolas desde arriba, me pareció estar dando una conferencia, como los profesores famosos de las universidades. Antes de llegar al casillo, tuve otro momento intensísimo.

Al lado derecho del sendero, llacía inmóvil un árbol talado, del que sólo quedaban las raíces y la mesita decorada con un calendario concéntrico. Quise pasar de largo, pues volvía a sentir la necesidad de comunicarle al mundo todo lo que había descubierto, pero me fue imposible. Él me pidió que me acercara, que me arrodillara, que le tocara. El suelo estaba húmedo, y notaba el frío de la noche en mis rodillas. Rocé incrédulo el tronco por la parte cortada. Había tierra que se desprendía delicadamente. Comencé a sentir algo extraño que ahora mismo no soy capaz de definir, y tuve que usar las dos manos para tocar la corteza, al principio con una mezcla de temor y curiosidad, pero muy pronto con seguridad, con toda la palma de la mano. Y entonces las manos se pegaron a la corteza. Sólo podía agarrar el tronco con más y más fuerza, acariciándolo y sintiendo cada recobeco de sus formas, cada astilla y cada imperfección. Sabía que él no estaba muerto, pues todas sus raíces bajo tierra, aunában la historia de ese lugar, de muchos años de crecimiento. Toda esa energía me estaba entrando por las manos, poniendo todo mi cuerpo en tensión, recorriendo cada neurona. No podía soltarme, no podía dejar de acariciar el tronco. Cerré los ojos y me concentré en lo que estaba sintiendo. Mi cuerpo era un escalofrío en sí. Sentí que si alguien me hubiese tocado, habría recibido una descarga eléctrica. Le pedí por favor que me dejara ir, y pude separar mis manos. Fue entonces cuando me percaté de que una pequeña ramita crecía de una de las raíces. No me había fijado antes, pero no me sorprendió mucho, pues yo ya sabía que estaba vivo desde que comencé a tocarle. Mis manos olían a resina y estaban coloreadas de marrón. El olor era fantástico, muy agradable. Olía a vida.

Trepé hasta el castillo para bajar por el otro lado de la colina. En esa loma descubrí un lugar entre los rododendros desde donde se escuchaba todo. Era una especie de paso obligado de los sonidos de los alrededores. Me fascinó el lugar, pero me fui pronto de ahí. Tenía que contar todo lo que me había pasado.

El encuentro con los seres humanos no fue agradable. No hubo modo de hacerme entender. Comencé a caminar entre los árboles solo de nuevo y, poco a poco, fui escabulléndome del mundo de las plantas. La ténue luz de la noche creaba un filtro de tinta azul marino, y el verde de las plantas ya no era tal. La salida del mundo real fue, al principio, silenciosa y paulatina. Tumbado en un tronco mirando hacia el cielo, hablando de nimiedades con otros seres humanos, algo horrible sucedió.

Me incorporé un momento y acaricié mis brazos. Recordé el golpe sufrido en la carrera por salvar al caracol y noté en mi muñeca un bulto extraño. Al fijarme bien entendí que se me había salido un hueso de la muñeca. Sentí que se me nublaba la vista, comencé sudar y a sentirme terriblemente débil. Me puse en pie y, balanceándome de lado a lado, conseguí quitarme el jersey. A duras penas conseguía mantenerme derecho, y no hacía más que pensar en mi muñeca. Definitivamente tenía un hueso dislocado. Mi principal preocupación era no sentir dolor: ¿por qué no sentía dolor teniendo un hueso fuera de su lugar? Me mareé y por un momento dejé de oír. Comencé a caminar por el camino que llevaba a la orilla del fiordo y, súbitamente, volví a encontrarme en el mismo sitio. El sudor dio paso al frío, y mis piernas volvieron a ser capaces de aguantar mi peso. Comenzaba a clarear y el azul se hizo verde: la vuelta al mundo cotidiano había sido dura, aunque afortunadamente todos los huesos estaban en su sitio. Aparentemente.

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Bergen, 01 junio 2007

Una noche de cuatro horas, I

En algún momento, me descubrí rodeado de flores hermosas, rosas y blancas, con forma de campana. Fue poco después de descubrir que las babosas son pegajosas sólo al pincipio: si las sigues tocando, se convierten en resbaladizas. Las flores me rodeaban, brillando como nunca; me daba la sensación de que me miraban. Estoy convencido de que no me hablaban todavía porque estaban esperando a que me acostumbrara a entenderlas, o quizás poniéndome a prueba. Supongo que sabían que todavía no estaba preparado, no había llegado el momento. Sin embargo, ya sentía un deseo imperioso, casi una necesidad, de comunicarle al mundo que esas flores estaban ahí, y que eran hermosas.

Y entonces le ví.

Un caracolito amarillo con su redondeada apariencia y sus pacíficos quehaceres descansando en una flor blanca, dentro. Y descubrí en cuestión de segundos que había más, cada uno en su flor, iluminados por la ténue y rojiza luz de las farolas. Fui obligado a desplazarme de allí, así que tomé la flor con ese caracol, y caminé hasta el fiordo. Pero cuando el caracolillo comenzó a trepar por mi mano entendí que debía devolverle a su hogar. Se convirtió en algo de lo que me sentía completamente responsable. Yo había arrancado ese caracol del lugar del que pertenecía y debía cumplir mi misión. Devolverle cuanto antes y sin que sufriera ningún daño.

Aprovechando un momento en el que las miradas se distraían en el aroma del verdor y el mar, comenzé a correr con el caracolito en la mano. A los pocos metros me escurrí en el césped y caí violentamente contra el camino empedrado. Me golpeé el codo y la muñeca muy fuerte, pero el caracol estaba intacto, protegido por mis manos. Me puse en pie de inmediato y seguí corriendo tan rápido como me era posible. Sentía que debía darme prisa. El camino y los alrededores se movían hacia atrás, como en una película de cine de la que yo era protagonista. La muñeca no me dolía entonces, y no se me pasó por la cabeza que mi muñeca sería responsable de una pesadilla esa misma noche.

Completamente exhausto, respirando con la boca abierta y sientiendo que el corazón iba a estallar dentro de mí, ayudé al coracol delicadamente para que se subiera a una florecilla. Tuve bien cuidado de que la flor no estuviese ocupada por algún otro. Probablemente fue en ese momento cuando las plantas empezaron a intentar hablarme. Me gusta pensar que me esperaban, que estaban aguardando ese momento, en el que les devolviera el caracol, aunque no estoy seguro. Me senté en el suelo húmedo y comencé a sentir que estaba con ellas, con las plantas, con las flores, en comunión con la Vida.

Me dí cuenta de la fuerza de la Vida como tal, como una gran masa verde que se mueve alrededor de la Tierra, cambia de forma y sigue adelante siempre, pase lo que pase. Tras esa primera toma de contacto con el mundo real, me puse en pie y andé unos metros hacia otro grupo de flores, al otro lado del camino. Las flores blancas y rosas salían de matas diferentes y a pesar de que algunas de ellas casi se besaban, permanecían con colores diferentes. ¿Cómo era posible? Pensé en Mendel y en cómo se mantiene la variabilidad genética, pero no me explicaba el porqué. Porqué la Vida no se mezcla en una masa homogénea, ¿por qué demonios no se amalgama todo siguiendo las leyes de la termodinámica? Y tuve mi primera revelación.

La diferencia es inherente a la Vida, casi la define. La diversidad es una carácterística necesaria para que la Vida en sí funcione, siga adelante. Es la única manera en la que los seres vivos existan en un lugar cerrado como la Tierra.

Absolutamente desbordado, no tanto por el hecho de que fuesen ellas, las plantas, las que me comunicaran la Verdad, sino por haber comprendido por fin lo que sabía que era la respuesta a la gran pregunta, comencé a caminar hacia el castillo iluminado que se alzaba en la cima de la colina. Me sentía conocedor de el secreto de la Vida y, por ello, completamente parte integrante del mundo de las plantas. No era una de ellas, pero había aprovechado de alguna forma un camino hacia esa dimensión y era capaz de entenderlas.

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Bergen, 29 octubre 2006

Viaje express



El término "viaje express" significa alquilar un coche el viernes para devolverlo el lunes. El viaje es en su mayor parte en el interior del coche, se trata por lo tanto de recorrer carreteras con un paisaje bonito. Eso es lo que hemos hecho este fin de semana Miquel, Marina y yo. Nuestro destino: uno de los glaciares más grandes de Noruega.

Creo que ahora puedo decir que he visto Noruega. Viajamos en el Clio negro durante unas seis horas, atravesando paisajes de ensueño, encontrando todos esos lugares que siempre imaginé típicos de Noruega. La nieve por doquier, el coche a 30 km/h y, aún así, patinando en algunas ocasiones.
Es imposible describirlo exactamente, dibujar con palabras lo que sólo se puede sentir estando ahí. He colgado algunas fotos para que se vea cómo era el paisaje. Aún así, es para verlo. Este video es por la mañana, cuando nos despertamos en la casetita de madera llamada Fantestova. Es una cabaña con un cama, una chimenea y una mesita abierta desde 1914 para todos los que quieran usarla. En las paredes hay firmas de los excursionistas que han dormido en ella, incluidas algunas de 1914, 1922 y muchas otras más recientes. Firmamos el libro de visitas, por supuesto, y gracias a la chimenea de hierro conseguimos dormir en un lugar donde por la noche alcanzamos los -10ºC según el termómetro. Cuando llegamos allí era por la noche, y no teníamos agua, así que fundimos nieve y añadimos media cucharadita de azucar para evitar diarreas. Por la mañana bebimos agua del lago.

Tengo que volver a ese lugar tarde o temprano. Mientras tanto, para ver si alguien se anima a acompañarme, os dejo estas fotos.

La casita en la que dormimos
Vistas desde la casita
Lago verde-azulado y glaciar (el color era increíble)

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Bergen, 11 septiembre 2006

Fotos de Finse


He recibido un email de Dalia, una compañera de la excursión a Finse con las fotos que ha colgado en Photobucket. Por si a alguien le interesa hacer un recorrido por allí sin necesidad de moverse de casa, aquí os dejo el link. Yo salgo en esta, buscando larvas de trichoptera en un pequeño lago (a mi lado está Oliver, de Suiza), en esta tocando la guitarra con Sara (Madrid) y Martina (República Checa), en esta haciendo el idiota y en esta otra tiradísimo.

También hay una foto del grupo, de clase y, cómo no, de la fiesta.

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Bergen, 09 septiembre 2006

Finse: JUEVES

Calcetines Himalaya

Ayer fue nuestra última noche aquí en Finse en este curso de Ecología Alpina. Probablemente, al margen de una agradable salida de campo, el día no revistió demasiado interés. Las clases las impartió un personaje aburrido y completamente carente de carisma. La temática no tuvo para la mayor parte de nosotros ningún interés. No me gustan los pájaros. Habría que esperar hasta la noche para que el jueves cobrara consistencia propia y se proclamara como un Gran Día.

Aparentemente, mi garganta comenzaba a recuperarse. Para celebrarlo, decidimos someternos a una rejuvenecedora sauna; Torstein, por supuesto, se apuntó. Rondarían ya las once de la noche. Tras los 15 minutos de sudor, salimos al campo acompañados únicamente por la toalla y nos metimos en el lago (cuya temperatura ronda generalmente los 10ºC). Aunque no lo parezca, 10 grados son muy pocos para un baño. Y de nuevo, de vuelta a la sauna.
Tras la relajante y amena experiencia, nos reunimos en el salón y abrimos unas cuantas cervezas. La verdad es que entrar en detalles no tiene ningún sentido. Sencillamente, fue una noche increíble. He dormido tres horas, pues he tenido que levantarme a las 8:00 para asistir a las clases. No me he quedado dormido (todavía) en clase aunque de todas formas no me daría mucha vergüenza porque nuestro profesor Torstein ya lo ha hecho en la última fila del aula mientras daba la clase un profesor del a universidad de Oslo. Huelga decir que Torstein estuvo con nosotros hasta las cinco de la mañana, con sus 60 tacos. Ya comenté que era un héroe.

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Bergen, 07 septiembre 2006

Finse: MIÉRCOLES


Lo más sobresaliente de ayer fue, sin duda, la caminata de cinco horas al glaciar. El glaciar tiene nombre propio, Hardangerjøkulen; se asoma entre dos montañas y sigilosamente se retira, a la espera de que el invierno llegue.

Armado con mis botas y abrigado como si mi viaje fuese a Siberia, emprendí el camino hacia el glaciar con mis compañeros y con el que ya se había empezado a convertir en un superhéroe para nosotros: el profesor.
Lo que al principio parecía simplemente un camino más o menos largo, se fue convirtiendo en una auténtica odisea. La tundra es, básicamente, terrenos encharcados y tapetes de líquenes y musgos. Cuando te acercas al pie de las montañas, surgen enormes piedras amontonadas una encima de la otra, de manera que el caminar a su través se hace extremadamente arduo. Cerca del glaciar el agua que se descongela forma lagos y riachuelos. El peligro de caminar por los barrizales es que en algunas zonas puedes llegar a hundirte hasta la cintura. Excluyendo alguna que otra anécdota (el profesor ayudante que viene con nosotros tuvo que rodar para salir del barro), en general los problemas no llegarían hasta el momento de cruzar el río que sale de Hardangerjøkulen. Algunos conseguimos cruzar sus tres brazos saltando, pero fuimos los menos. La gente en general no se atrevía a saltar o no llegaba al otro lado. Prácticamente la totalidad de mis compañeros estaba empapada hasta las rodillas, con las botas completamente rellenas de agua. Todo esto, claro, a pocos grados centígrados sobre cero. La gran imagen de esta apoteósica excursión la protagonizó Torstein, una máquina de 90 kilogramos de peso y casi 60 años a sus espaldas.
Tomó su gran mochila blanca con ambas manos y la lanzó al otro lado del río, donde un alumno la cogió en el aire. La lluvia moteaba el río de cenefas circulares y el viento nos obligaba a entrecerrar los ojos y apretar el cuello al pecho. Torstein cogió carrerilla suficiente y comenzó a correr en dirección al río. Pude notar cómo con cada pisada contra el barro toda la montaña temblaba. Tengo la imagen grabada en mi mente a cámara lenta: descubrió su pelo cobrizo quitándose el gorro de lana sin dejar de correr. Un paso en falso en su carrera le hizo perder ligeramente el equilibrio, de modo que su salto no sólo no alcanzaría el otro lado, sino que a penas pasaría de la mitad del curso de agua. Cayó con los dos pies al mismo tiempo, levantando una cortina de agua a su alrededor. Estalló en una carcajada y dio media vuelta: ahora ya estaba completamente empapado. Agarró a una compañera que no se decidía a cruzar y la tomó en brazos, cruzando el río a pie. Si hubiese podido tomar una fotografía de tan apoteósica escena sería feliz el resto de mi vida, puesto que ése es el único modo de que el mundo pueda entender a qué me refiero. Una vez concluida su heroica hazaña, tomó asiento al otro lado del río, se quitó las botas y escurrió los calcetines bajo la lluvia y nuestra mirada de admiración.


En la foto, la clase en la que he escrito este post. Se observa mi portátil, una compañera exponiendo un trabajo y el vaso de vino a el que invita Torstein cuando hay exposiciones por nuestra parte

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Bergen, 06 septiembre 2006

Finse: MARTES



Es muy peculiar el modo de estudio que aquí se lleva a cabo. Las clases a las que asistimos en esta especie de Gran Hermano que es el Centro de Investigación de Ecología Alpina de Finse son todas magistrales: un especialista habla sobre algún tema relacionado con la ecología alpina. Muchas de esas clases son extremadamente especializadas. Por ese motivo algunas clases pueden resultarte poco atractivas y otras, por el contrario, extremadamente interesantes.

Ayer martes fue día de encierro; no sufrimos las lluvias ni el frío, pues fue un día de relajación. Dimos cuatro clases, dos de las cuales me parecieron extremadamente interesantes: el estudio genético de algunas plantas vasculares en diferentes partes del planeta permiten describir cómo fue la descongelación en el norte del planeta cuando acabó la última era glaciar. Los estudios comparativos de las mismas especies en distintas zonas permite identificar híbridos alopoliploides y demás aberraciones genéticas, de modo que es posible establecer filogenias y, dependiendo de las zonas en las que se ecuentren dichas plantas, a trevés, supongo, de un trabajo infernal, es posible extrapolar el movimiento de descongelación de los glaciares.
Además, tuve que exponer oralmente un trabajo que llevamos a cabo tres compañeros y yo sobre el efecto de la luz UV-B en el movimiento vertical del zooplancton. Sí, en inglés. No salió nada mal. Y después, un poquito de sauna mixta.
Si no fuera por mis males de garganta, sería feliz aquí mucho tiempo, un lugar donde das clase y bebes té sin parar.

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Bergen, 05 septiembre 2006

Finse: LUNES

Tras una noche marcada por el dolor de garganta, los nervios y un edredón cuyos pliegues barrocos no se decidían a envolverme, el despertador nos puso en pie a eso de las 7:30 de la mañana.

Desayuno abundante para la primera excursión de la semana. A pesar de mi malestar, me armé de valor y salí al campo acompañado por todas las prendas que pude ponerme. El paseo de 3 horas fue una auténtica maravilla. Todo lo que el día anterior me parecía un páramo yermo frío e inhospito, ahora se me desvelaba como algo completamente nuevo. El caminar sobre un tapete de musgos y líquenes, sin apenas hierba ni mucho menos arbustos, comiendo blueberries -que aquí crecen por doquier- todo a espaldas de un glaciar, se hace completamente onírico. Al menos para mí. Otras pequeñas cosas, quizás menos románticas, como los excrementos de lemming, no dejan de ser algo maravilloso si las encuentras por primera vez. En la foto se puede ver el glaciar al fondo.
Tras la ducha que siguió a nuestro regreso, un profesor -probablemente una de las personas más frikis del planeta- nos dió unas clases sobre zooplankton de agua dulce y su relación con los rayos UV-B. La noche no dió para tanto como la anterior, pero bueno, sólo pensar en la sauna que encenderemos mañana me tranquiliza y justifica el haberme metido en la cama tan pronto.

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Finse: DOMINGO

Domingo, llegando a Finse

El paisaje aquí en Finse es desolador. La luz lánguida y silenciosa se transforma en una imagen de postal donde el lamento del viento al acariciar la hierba arranca lágrimas al atardecer. Los árboles no crecen aquí, ni si quiera un tímido arbusto se decide a hacerle compañía a la sombra. La luz es siempre ténue, aún no he conseguido ver el azul del cielo desde que estoy aquí.

Al margen de las vistas apocalípticas que ofrece el paisaje de tundra que aquí nos rodea, la noche del domingo fue increíble. Para cenar, cada uno de los estudiantes trajimos un plato típico denuestro país, de modo que fue un festín de sabores y alegría. Tras la copiosa cena, nos sentamos en el salón del sitio donde estamos alojados a cantar canciones famosas -y no tan famosas- junto al que se ha convertido en todo un ídolo para mí, el profesor de Alpine Ecology. Es completamente indescriptible el buen rollo qu se respiraba esa noche.

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Bergen, 02 septiembre 2006

Un puente en medio del mar

Ese puente une dos islas, no tiene ningún otro cometido. El puente le costó al gobierno noruego 24.000 millones de coronas. Sólo usan este puente unas 80 personas, no tiene demasiado sentido. Si se les pregunta, a los políticos noruegos les encanta decir que vivimos en uno de los paises más ricos del mundo; pero cuando algún país ha pedido ayuda económica, entonces no hay dinero suficiente en este país. Mira el puente, así es como gasta el dinero el gobierno.
Cuando le conté la historia del puente a un amigo americano, no se sorprendió mucho. Dijo que en Estados Unidos llevaban a cabo una política muy parecida.


He conseguido reparar -por fin- el problema que tenían las entradas sin resumen, que despistaba mucho el "sigue leyendo" infructuoso. FIXED.

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Bergen, 31 agosto 2006

Alpine ecology: overview

Hoy ha sido la clase de orientación para la asignatura "Alpine ecology". Me empezaba a acostumbrar a tener sólo dos días de clase a la semana -lunes y martes-, y he tenido que romper hoy miércoles mi racha. El caso es que me he llevado una gran sorpresa en la reunión esta tarde.

La asignatura "Alpine Ecology" es, en esencia, una salida de campo que vale 5 ECTS. Sí, de lunes a viernes encerrado en un centro de investigación rodeado de estudiantes de erasmus y cobrando un crédito ECTS por día. Esa es la primera sorpresa. En realidad no es exactamente así, pues tienes que hacer un exámen a finales de octubre. De todas formas sigue siendo impensable. Es una gozada.
La reunión era, básicamente, para concretar algunas cosas y confirmar que todos los alumnos que se habían apuntado al curso iban, al final, a llevarlo a cabo. Lo primero que me ha llamado la atención al entrar en la clase, ha sido el aspecto que mostraba ésta: en lugar de sillas, sillones; en lugar de pupitres, una mesa baja. Todo estaba decorado en plan hippie, con fotos de animales y con cositas colgadas. Había una tostadora y un cacho de pan encima de una estantería.
De improviso, un hombre rubio con barba tupida y piel curtida por el frío, de unos cuarenta o cincuenta años, ha entrado en la extraña habiatación, en la que muchos alumnos habíamos tomado ya asiento. El pelo le brillaba con unos reflejos realmente curiosos; la barba, por otra parte, iluminaba su camiseta desgastada con su color cobrizo, casi pelirrojo. Las arrugas de la piel parecían tener registrado cuánto tiempo había pasado bajo la nieve en total durante toda su vida. Su barriga le acusaba, al menos en apariencia, de un discreto pero sincero amor a la cerveza.
Al entrar por la puerta ha saludado inmediatamente en un tono informal a todos los que estábamos allí reunidos. Al sentarse, mientras nos escrutaba con sus ojos claros entrecerrados, como protegidos del aire, me he percatado definitivamente: era pariente cercano de Papá Nöel.
Nöel nos ha ido explicando más o menos en qué va a consistir el viaje y nos ha entregado unas hojas a cada uno de nosotros con los materiales necesarios: la ropa y demás. La lista titulada "What else to bring?" merece ser transcrita a continuación:
  • Alarm clock (to get you up in the morning)
  • Beverages for the evenings (beer, wine, soft drinks)
  • Snacks or sweets if you like
  • Music cd's
Por supuesto, ha añadido algunas otras cosas a título de recomendación oralmente. He tomado nota de alguna de ellas:
  • Comida típica de nuestro país (para la fiesta del primer día)
  • Toalla para la sauna mixta (si os da vergüenza sentaos desnudos)
Como se puede apreciar a la legua, la reunión con el profesor ha sido una risa.
La excursión consiste básicamente en cinco días dando paseos por el campo con expertos y charlas en el centro donde nos hospedamos (Alpine research center Finse). Los cursillos dentro del complejo son los siguientes, y están impartidos por ocho profesores diferentes:
  • Grazing induced plant defense
  • Zooplancton in alpine ponds and lakes
  • Colonization after the last ice age
  • The Tatra National Park in Poland
  • Moss mites in the glacier foreland at Hardangerjokulen
  • Effect of grazing on lichens
  • Artic fox
  • Shore birds
  • Insect adaptation to life in the high alpine
  • Succession in micro arthropods
  • Two insect life-strategy adaptationes to alpine climate
Estas charlas/cursillos son de una o dos horas como máximo. A parte, por supuesto, tenemos salidas de campo todos los días para hacer muestreos y tal.
Pero lo mejor de todo, a parte de la fiesta que va a haber allí, es que hay un lago al lado en el que nos podemos bañar (aunque sólo a partir del miércoles, que primero hay que tomar unas muestras y no estaría bien remover el agua antes). Ah, quien lo desee puede salir a pescar en barquita por el lago.
Todo suena genial. Incluso el precio, 900 NOK, me parece aceptable para cinco días de todo incluído. A propósito, los vegetarianos tenemos comida para nosotros: el profesor ha preguntado si alguien no quería comer carne que lo dijera, que no había problema. Tiene gracia.
Así que este domingo por la noche salgo de caza. Una semana rodeado de frikis me aguarda. Me llevaré el ordenador porque, como era de esperar, además de sauna tenemos banda ancha en wireless... así que os mantendré informados desde el Apine Research Center de Finse.

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Bergen, 26 agosto 2006

Primer intento: Løvstakken

Por fin me he atado las botas para saltar por el monte. A pesar de que anoche hubo una fiesta que terminó -por lo menos para mí- a las 5 de la madrugada, he tomado la decisión de comenzar a coronar los picos que rodean Bergen.
Se dice de esta ciudad que es la única rodeada por siete picos y siete fiordos. Mi objetivo para el día de hoy era la montaña Løvstakken, la más cercana a la residencia. No he documentado esta expedición fotográficamente, pues la batería de mi cámara estaba agotada.

Equipado con un tupper relleno de pasta y tomate, una botella de agua y mi nuevo corte de pelo, he emprendido mi marcha. La única información de la que disponía era el tiempo estimado para alcanzar la cumbre: dos horas. Tras atravesar un pequeño pueblecito, un cartelito de madera indicaba la senda a recorrer: "Løvstakken". A muerte.
Inconscientemente intentaba superar el récord preestablecido, de manera que en algún momento me sorprendí sudando a mares y al borde del infarto, intentando que las bocanadas de aire alcanzaran hasta el último milímetro cuadrado de mucosa alveolar. La senda rozaba los escenarios de lo fantástico. La vegetación exhuberante, riachuelos murmurando por todas partes, mariposas revoloteando -me pareció ver una Numerada-. Sin embargo, al alcanzar la primera de las lomas y estando a, tal vez, una media hora de la cima, la vegetación fue haciéndose más tupida, desapareciendo los árboles poco a poco para dar paso a arbustos incomodísimos recubiertos de espinas. Las vistas de la ciudad eran increíbles, pero el vértigo pudo conmigo: el no estar siguiendo un camino me hizo percatarme del peligro a el que me estaba asomando. Estaba solo, y un resbalón podría haberse traducido en un susto muy desagradable.
Con un ligero mal sabor de boca, sabiéndome perdedor del duelo contra mi miedo, me di la vuelta y emprendí mi camino de vuelta. Esquivando ramas y arroyos, haciéndome paso entre la maleza y sin volver la mirada atrás, pude oír cómo la montaña reía profundamente, sin moverse ni hacer apenas ruido. Cuando alcancé el bosque de nuevo me sentí mucho más seguro. El orgullo herido me jugó una mala pasada y resbalé pecando de una excesiva seguridad en mí mismo -y en mis botas-. Al caer de espaldas, el tupper explotó dentro de mi mochila, aunque me percataría de ello una vez alcanzado el poblado.

Con la camiseta empapada en sudor y el cuerpo sembrado de magulladuras y firmas de arbustos espinosos, emprendí el camino de vuelta a casa. Løvstakken había ganado esta batalla.

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Bergen, 19 agosto 2006

Full day boat trip


Durante el día de hoy, por cortesía de la Universitet i Bergen, hemos tenido un viaje de más de 8 horas en barco por los fiordos. Supongo que es de las cosas más impresionantes que he visto sobrio.
He tenido la ocasión de echar una siesta mientras volvíamos, de modo que el regreso se me ha hecho mucho más corto. La parada en Mo, un pueblecito al norte de Bergen ha sido una auténtica pasada. Y como una imagen vale más que mil palabras, he colgado las fotos más monas en flickr. La mayor parte de ellas son de Mo.

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