Bergen, 09 mayo 2007

En vanlig dag (un día cualquiera)


Por la nublada ranura de tus ojos entra luz. Sí, es por la mañana. Un escalofrío activa los músculos que durante 7 horas habían permanecido completamente relajados: alargas el brazo y alcanzas con un esfuerzo sobre humano el pequeño despertador rojo. En realidad, sabías que era tarde, pero la esperanza nunca se pierde. Deberías estar en el laboratorio desde hace ya media hora; y hoy es importante, fundamental que empieces pronto.

Como un disparo, abandonas la cama en calzoncillos y te pones la ropa aún sudada que habías dejado tirada en la habitación la noche anterior. No encuentras las gafas, pero ahora lo importante es hacer la mochila, incluir en ella todo lo que vas a necesitar en las próximas 12 horas: las dos patatas hervidas, el tubo de mayonesa, la latita de setas en conserva y un par de rebanadas de pan. No hay tiempo para el café ni para las tostadas, las gafas tienen preferencia. Maldita sea, es tardísimo.

Todos tus compañeros de piso duermen. Necesitas un medio de transporte, sabes que no puedes permitirte media hora de trayecto a pie. Piensa, piensa, piensa. Mientras tanto maldices la paradoja de la búsqueda de unas gafas: sin ellas no las ves, así que no las puedes encontrar. La mochila parece estar lista. Repasas mentalmente lo más rápido posible las mil y una cosas que tienes que llevar encima. La cartera, el movil, los apuntes para estudiar durante las PCRs, el libro de ecología del invierno, el mp3, las llaves de casa, la llave magnética del laboratorio (que todavía no has añadido al llavero), los bolis... Mierda, las gafas estaban en la mochila.

Tras 5 minutos pensando si te tienes que llevar el portátil o no, recuerdas que da igual siempre, porque si lo llevas no lo usas y si lo dejas en casa lo necesitas en algún momento. Abres la puerta y te paras a pensar otros 5 minutos si realmente llevas todo encima. Bajas los tres pisos por las escaleras y es entonces cuando la ves. La bici roja de tu compañera de piso con su candado de combinación numérica que, por supuesto, comoces.

Tras el "robo" de la bici, te diriges a toda velocidad al laboratorio, arriesgando la vida en cada cruce (siempre recuerdas demasiado tarde que el freno de atrás no funciona). Aparcas la bici y subes al labo, sintiéndote un monstruo al verte en el espejo del ascensor. Intentas arreglar el tema de las legañas ahí mismo y, como siempre, la puerta del ascensor se abre y algún desconocido te sorprende en tan íntima actividad. Tomas el camino más largo y miras el reloj. Ayer lo hiciste peor, vas mejorando.

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2 Comentarios:

A las 5/10/2007 02:54:00 p. m., Blogger Phernael ha dicho...

Buen relato. Como siempre!

Un saludo,
Fernando

 
A las 5/10/2007 08:32:00 p. m., Blogger David Arcos ha dicho...

Un post grandioso.

Acabas de describir lo que fue mi primer día en el HIB, sólo te ha faltado el mail que le mandé a mi tutor ("Dog ate mi homework!) nada más despertar xD
Curiosamente son gente muy seria pero no le importó lo más mínimo mi falta de profesionalidad....

Un saludo.

 

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