Bergen, 04 noviembre 2006

Hay unas flores en la esquina del club


El hombre dormitaba envuelto en abruptos recuerdos. Más exactamente, se torturaba con aquellas cosas que es mejor olvidar. Arrepentirse, qué cosa más importante. Odiaba a esos famosos que respondían siempre lo mismo, "no me arrepiento de nada de lo que he hecho durante mi vida". A la mierda. Eso se dice para morir en paz, para dejar una imagen equivocada flotando en la opinión de la gente. Arrepentirse es sano. Arrepentirse significa comprender que nos hemos equivocado, todos hacemos cosas que están mal, lo importante es darse cuenta.

Quizás había bebido mucho. Parpadeó con esfuerzo, parecía como si hubiese envejecido cuarenta años desde que había entrado en ese club. De repente, se encontró jugando al amor, haciendo bromas con los ojos y el corazón. Ahí estaba, olvidando. Apoyó ambas manos en la silla en la que se encontraba sentado para tomar una postura algo más humana, menos delatora de su estado de embriaguez.
Se encontró corriendo entre flores, como en las películas. Se dió cuenta de que había marcos, como en esa antigua televisión cuando ponían películas de cine: uno arriba y uno abajo. A pesar de lo borroso de las imágenes, podía oler cada flor, tocar las hierbas altas con la palma de su mano. Ese cosquilleo le condujo a un sueño tranquilo.
Se despertó tendido en medio del campo, bajo un cielo azul y rodeado de altas hierbas. Al ponerse en pie, abrochó su peto vaquero y se percató de que había roto la camiseta blanca. "Mamá me va a matar" -pensó.

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1 Comentarios:

A las 11/05/2006 07:31:00 p. m., Anonymous Tiberio ha dicho...

Deja de tomar ácido, Gon.

 

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